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jueves, 23 de mayo de 2013

EL HUMOR COMO COMPAÑERO DE VIDA


Tener sentido del humor es un bien intangible en alza, muy valorado socialmente y un recurso saludable eficaz.
Diversos estudios muestran lo que la intuición olfatea sin dudar: las emociones positivas, el optimismo e incluso el buen humor permiten pararse mejor ante la vida, sobrellevar el estrés, vivir más años, sufrir menos infartos y fluir en las relaciones con los otros.

El estado emocional influye “en la aparición de enfermedades, en su mantenimiento, evolución y pronóstico y en el resultado del tratamiento”, afirma Jorge Genesir, experto en diabetes.
En la actualidad, se discute sobre los supuestos beneficios de un optimismo forzado, de provocar risa cuando el sentido común diría que no hay motivos que causen gracia.
No obstante, “el buen humor ayuda a ser optimista sin una postura ilusa de soluciones mágicas”, aclara Pablo Cólica, especialista en Psicoinmunoendocrinología y Medicina del Estrés. “Logra un estado emocional –agrega el profesional– que, partiendo de la visión realista de las dificultades, contribuye a encontrar aspectos positivos de la vida, aun cuando se padece una enfermedad”.
Las corrientes de psicología y salud positivas no aligeran la existencia sosteniendo que esto sea fácil ni que la solución esté en smile o en tener “buena onda”. Al contrario, comprenden la salud y el bienestar como una construcción sobre la que hay que trabajar para fortalecer todos aquellos aspectos psicológicos, biológicos y sociales que conectan a los seres humanos con un andar que, en cada paso, se sostiene sobre recursos saludables. Entre ellos, la capacidad de reír, de soñar y de pensar positivamente.
El investigador pionero en esta área de la Universidad de Pensilvania, Martin Seligman y su equipo, trabajan para identificar recursos saludables y estrategias –potentes y de bajo costo– que puedan contribuir a mejorar el bienestar y resguardar de enfermedades físicas y mentales. Inclusive, frente a una enfermedad, el objetivo es que con el desarrollo de ciertas fortalezas, su transcurso y pronóstico sean mejores.
El humor es un recurso saludable y como tal “es necesario potenciarlo en las personas para desarrollarlo en determinadas situaciones y contextos, porque bien usado puede ser muy sanador”, dice el psicólogo Gastón Auguste.
Estilo “Cacho”. La pregunta sería: “¿Uno puede tener buen humor y reírse en cualquier circunstancia?”.
“Si el humor y la risa se ligan a conductas evasivas, dejan de ser saludables”, afirma Auguste. En cambio, si permiten procesar la adversidad, con optimismo realista, las personas atraviesan las dificultades con más ánimo y tranquilidad.
“Tengo los hombros rotos y ya me operaron de uno. Cuando me parecía que iba a perder un brazo, pensé: ‘Por suerte tengo otro y encima soy zurdo y funciona’”, cuenta Cacho Buenaventura, quien además de llevar el buen humor en los genes y convertirlo en su profesión, admite que fue “bendecido” desde su apellido.
Con varias entradas al quirófano y reiterados ingresos en hospitales por sus pancreatitis, describe así su postura ante la vida: “Nuestra cabeza es muy compleja, pero no dejo que me mate el bajón, sino que me fortalezca”.

Si bien el buen humor y la risa están emparentados, el primero involucra elementos cognitivos que hacen que determinados estímulos causen gracia a unas personas y no a otras. Lo cognitivo interviene junto a rasgos de personalidad y al contexto en el que uno se encuentra.
El buen humor, como aspecto general, se diferencia, también, del sentido del humor. En este caso, se trata de una característica personal, bastante duradera y estable, de un estilo de reflexión diferente, aun en situaciones complicadas.
“Yo me río constantemente y lo uso como mecanismo de defensa siempre ante la adversidad”, dice Cacho Buenaventura.
“Como paciente –relata–, siempre soy optimista; en el quirófano, trato de relajarme, respiro y así intento ayudar a los médicos en la parte que me toca. Eso facilita las cosas para que ellos hagan su trabajo”. Y aclara: “Cuando me tienen que operar o realizar algún tratamiento, necesito saber qué me van a hacer, si van a aplicar el serrucho, cuántos puntos, qué me van a cortar 
y, por supuesto, es fundamental tener confianza en los médicos”.

Hormonas placenteras. La risa y su versión estentórea, la carcajada, son reacciones psicofisiológicas a estímulos graciosos. Tienen rasgos específicos, tales como expresión facial y movimientos corporales característicos, y sonidos repetitivos.



Precisamente porque reírse implica poner en movimiento músculos y reacciones químicas en el organismo, se le reconocen varios beneficios emocionales y físicos, fundamentalmente si la risa es espontánea.
“En la risa, la movilización de los músculos de la cara y el cuello –que son muchos– provoca la liberación de endorfinas, serotonina, oxitocina y sustancias antiinflamatorias que, al actuar en el cerebro, contribuyen a sentir bienestar”, explica Cólica.
“La mayor circulación arterial hace que el diafragma y los músculos abdominales trabajen, a la vez, se incrementa el ritmo cardiaco y se elimina aire residual de los pulmones, disminuyen los niveles de adrenalina y mejora el sistema inmunológico”, enumera.




“Últimamente se descubrió –agrega– que la risa también estimula la producción de anandamida, que en sánscrito significa ‘portador de paz y de felicidad interna’, y sus efectos son analgésicos y de relajación de las arterias, por lo que es un eficaz antihipertensivo”.
Sobre el estrés y las sensaciones de sentirse desbordado por factores externos o internos, el humor puede funcionar como moderador al aportar una nueva perspectiva sobre la situación. Esto no implica que uno pase a dominar el escenario, pero, al menos, lo transita con más “oxígeno” hasta que pase el temporal.



FUENTE: http://www.lavoz.com.ar/suplementos/salud/humor-como-companero-vida

martes, 25 de diciembre de 2012

LA PSICOLOGIA DE LA FELICIDAD


Por Eduardo Jáuregui

Es el auténtico motor de la historia. Todas las utopías, sean políticas, religiosas, empresariales o personales comparten esta misma finalidad. Cada ser humano la anhela sobre cualquier cosa para sí mismo, y quizá incluso para los demás. Es el nirvana, el paraíso, y el colorín colorado de todos los cuentos infantiles: la Felicidad.

Resulta paradójico, por lo tanto, que sepamos tan poco sobre ella, que los presupuestos de los estados no destinen más fondos, si es que dedican alguno, para estudiarla. Mientras que la Ciencia investiga el genoma y las galaxias hasta producir detalladísimos mapas y códigos, ha permitido que sobre este aspecto tan fundamental de la experiencia humana circulen los más infundados prejuicios, supersticiones y mitos. Así nos va, claro. Afortunadamente, en la última década ha ido surgiendo un movimiento dentro de la psicología que por fin está sometiendo la felicidad a la medición precisa, al estudio empírico y al debate académico del más alto nivel.

La ciencia del desarrollo personal
Durante el siglo veinte, la misión prioritaria de la psicología fue la sanación de las enfermedades de la mente: la depresión, la esquizofrenia, la ansiedad y otras patologías. El desarrollo de las personas “sanas” o “normales” suscitaba poco interés y recibía escasísimos recursos económicos.

Para suplir este vacío académico e intelectual, en los años 60 comenzaron a surgir cientos de libros y sistemas que trataban de guiar a las personas a desarrollar su potencial humano: el pujante mercado de la “autoayuda”. Carentes de metodología científica o pruebas objetivas de su validez, estos sistemas se basaban en disciplinas orientales como el yoga o la meditación, la “sabiduría” de gurús de toda índole, y el sentido común de psicólogos profesionales o amateur. A pesar de sus aparentes limitaciones, el enorme éxito de este sector editorial y educativo hacía intuir que alguna verdad debía hallarse detrás de todo ello.

A lo largo de los años 90, algunos pioneros publicaron los resultados de nuevos estudios que comenzaban a aplicar una metodología más científica a estos temas: libros como La Inteligencia Emocional de Daniel Goleman, Experiencia Óptima de Mihalyi Czikszentmihalyi o Aprenda Optimismo de Martin Seligman. Finalmente Seligman, recién elegido Presidente de la American Psychological Association en 1996, decidió fundar un campo que investigara las emociones positivas sistemática y rigurosamente.

Desde el primer momento, la “Psicología Positiva” tuvo un enorme impacto entre los profesionales de la salud mental, que algunos no tardaron en calificar de “revolución”. Seligman me confesó en una reciente visita a Madrid que muchos psicólogos siempre habían echado en falta esta dimensión de su trabajo: “Llevo muchos años dando conferencias, pero ahora es la primera vez que me sucede que provoco ovaciones verdaderas entre el público, o incluso el llanto de profesionales de la psicología que reconocen una vocación que sienten que se les robó. A muchos psicólogos les atrajo esta disciplina porque querían ayudar a la gente normal a ser más feliz, y no sólo ayudar a los enfermos mentales a ser menos miserables.” En cuanto al apoyo financiero, Seligman afirma que “nunca ha sido tan fácil para mí conseguir fondos para un proyecto académico”.

En pocos años se ha creado una red internacional con miles de miembros, y ya son unos cien los cursos universitarios que se imparten en esta nueva materia. Los psicólogos positivos han desarrollado un impresionante arsenal de herramientas metodológicas, una sólida base de datos empíricos y teorías cada vez más fundamentadas. También en España académicos como Carmelo Vazquez y Maria Dolores Avía, autores del libro Optimismo Inteligente (Alianza, 1998), o Carlos Alemany, estudioso del humor como terapia (El Valor Terapéutico del Humor, Desclee de Brouwer, 2002), contribuyen a los avances en esta disciplina. Mientras tanto el libro de Seligman La Felicidad Auténtica (Ediciones B, 2003) se ha convertido en un best-seller mundial, y en la página web del libro (www.authentichappiness.org) casi cien mil usuarios registrados participan en pruebas científicas a gran escala. “Queremos convertir el desarrollo personal en una ciencia seria y bien documentada”, afirma el autor.

El dinero y otros mitos
¿Puede el dinero comprar la felicidad? La pregunta del millón por fin tiene una respuesta científicamente validada por numerosos estudios: no. A partir de un cierto nivel mínimo de ingresos (suficientes para cubrir los requisitos básicos de la vida), los aumentos de sueldo no afectan la satisfacción general de las personas. Aunque parezca increíble, los estudios de la Psicología Positiva han descubierto que el júbilo de los ganadores de la lotería es pasajero: a los pocos meses de sus chillidos, champanes y alegrías televisadas vuelven a su anterior nivel de felicidad.

Las estadísticas más fiables revelan que la inmensa mayoría de las personas, o al menos aquellas cuyas necesidades vitales están cubiertas, afirman sentirse bastante o muy satisfechas con sus vidas, con independencia de sus ingresos económicos. En los países “desarrollados” el nivel de vida se ha disparado en los últimos 50 años, pero a lo largo de este período la media de satisfacción no ha variado en absoluto, mientras que se han multiplicado por diez los casos de depresión y han aumentado en menor medida otras patologías como la ansiedad. Países pobres como la India o Nigeria tienen índices de felicidad mayores que los de países ricos como el Japón.

Estos datos parecen indicar que el crecimiento económico y material, objetivo prioritario del modelo de progreso dominante a escala global, no se corresponde con una mejora del bienestar individual o colectivo –excepto en el caso de los países y las personas más pobres. De hecho, los científicos han descubierto la ironía de que las personas que más valoran el dinero (las más afectadas por la cultura materialista que fomenta y es fomentada por este modelo de progreso) tienden a sentirse menos satisfechas con sus vidas. En definitiva, que “España vaya bien”, y que los españoles saquemos ahora fotos de nuestros flamantes 4x4 con teléfonos móviles de última tecnología, no significa que seamos más felices que nuestros abuelos.

En general, la Psicología Positiva está comprobando que la felicidad no depende mucho de los factores externos. Se dice que la salud es lo primero, pero diversos estudios han demostrado que prácticamente no afecta el nivel de satisfacción vital. Incluso en casos extremos como las personas que se quedan parapléjicas después de un accidente, parece ser que a las pocas semanas ya predominan las emociones positivas, y que eventualmente vuelven a un nivel de satisfacción sólo ligeramente inferior al original. Otros tópicos del bienestar como la educación, el clima, el aspecto físico o el sexo de la persona resultan ser igualmente irrelevantes. Algunas circunstancias externas sí tienen relación con la felicidad, pero mínima y no necesariamente causal: el matrimonio, la fe religiosa, residir en países democráticos y ricos (en comparación con dictaduras pobres), evitar ciertos sucesos traumáticos y el tener una vida social muy intensa. En cualquier caso, es evidente que todas ellas, excepto quizás la última, son factores difíciles o imposibles de cambiar.


El secreto de la felicidad
¿De qué depende entonces la felicidad? Desafortunadamente, es cierto que una buena parte de ella, aproximadamente un 50%, es hereditaria. Sin embargo, también está comprobado que podemos afectar dónde nos situamos dentro del “rango de felicidad” que la genética nos impone. Obtener estas mejoras supone, eso sí, un cierto esfuerzo. Los placeres inmediatos y “fáciles” –las drogas, el sexo, los dulces, la victoria, la televisión— pueden contribuir momentos maravillosos a nuestras vidas (la Psicología Positiva también enseña técnicas para saborear e intensificarlos al máximo—ver recuadro). Sin embargo, no contribuyen a desarrollar una satisfacción vital duradera.

El secreto de la felicidad, al parecer, es algo que su descubridor moderno, el científico Húngaro-americano Mihalyi Czikszentmihalyi bautizo el “flujo”. Se trata de un estado natural de conciencia, un estado de “experiencia óptima” que se produce cuando conseguimos estar totalmente embebidos en la actividad que nos ocupa. Durante estos ratos nos olvidamos de los relojes e incluso dejamos de sentir el paso de las horas –para la persona que fluye, el tiempo “vuela”. La violinista durante un concierto, el marinero con sus velas y la niña que juega no analizan lo que están haciendo. Se funden con la actividad misma y pierden la conciencia de su propia identidad. Simplemente “son”.

Las situaciones que nos permiten fluir requieren un esfuerzo activo y concentrado. A diferencia de los placeres sensuales, como zamparse un cucurucho de chocolate, no se trata de consumir pasivamente sino de aplicar un conocimiento o una habilidad a un nuevo reto: una montaña que escalar, un enrevesado problema que resolver, un arriesgado discurso que pronunciar. Los efectos también son distintos. Saborear un helado en una tarde de verano inmediatamente genera una serie de sensaciones deliciosas, pero que duran sólo hasta acabarse la punta del cucurucho (o incluso antes, si la persona se ha saciado). Tras ese fugaz destello de placer, no queda nada más que un bonito recuerdo, algo de energía física y quizás alguna carie o un poco de grasa acumulada.

Por el contrario, el escalador que fluye no es consciente de ninguna emoción positiva durante su escalada. De hecho puede experimentar momentos de tensión o incluso pánico antes de llegar a la cumbre, aunque al finalizar se dará cuenta de haber disfrutado y puede sentir ganas de repetir la hazaña. Pero al afrontar ese desafío, el escalador habrá aprendido algo nuevo, habrá realizado parte de su potencial, habrá crecido. El flujo es la señal de esa conquista psicológica.

Czikszentmihalyi, cuyo equipo ha realizado un seguimiento del flujo en la vida real de miles de personas, afirma que las personas que fluyen a menudo puntúan más alto que aquellas que fluyen poco en prácticamente todas las medidas de bienestar psicológico. Además, estas personas con los años desarrollan mejores relaciones sociales y tienen más éxito en sus vidas.


Hacia una revolución espiritual
La receta para la felicidad que recomienda la Psicología Positiva es aparentemente sencilla: desarrollar las virtudes personales y aplicarlas en los distintos ámbitos de la vida para así maximizar los momentos de flujo (ver recuadro). Sin embargo, como todos sabemos, escoger el camino del crecimiento, con su esfuerzo y sus riesgos, sobre la vía del placer inmediato, no resulta siempre tan fácil en la práctica. Y menos aun en una sociedad cada vez más hedonista y comodona, que nos brinda en todo momento cincuenta canales de televisión, una infinidad de destinos turísticos y un variadísimo menú de antojos culinarios, posibilidades que podemos disfrutar sin apenas mover el trasero excepto para posarlo en uno u otro acolchado asiento. La publicidad omnipresente, que según algunos estudios nos tienta 3000 veces al día con diversos atajos hacia el placer efímero, no facilita el trabajo.

A pesar de estos obstáculos en el camino hacia la felicidad, el hecho de disponer por fin de un mapa científicamente validado representa un importante primer paso, dado que gran parte de los occidentales del siglo XXI requieren el sello oficial de la Ciencia para tomarse en serio cualquier conocimiento. La revolución de la Psicología Positiva, aun en su infancia, no sólo promete ayudar a millones de individuos a realizar su potencial, sino que supone un hito significativo hacia el profundo cambio cultural y espiritual que muchos creemos urgente para nuestra civilización. Finalmente una disciplina científica, utilizando métodos rigurosos y objetivos, comienza a dar la razón a las corrientes intelectuales que persiguen una vuelta a los valores esenciales compartidos por todas las culturas. Ojalá esta revolución académica sea sólo el preludio de una revolución más amplia y profunda del espíritu humano.

Llena tu vida de emociones positivas
Las emociones y sensaciones placenteras se dividen en aquellas que se refieren al pasado, al presente y al futuro. La Psicología Positiva recomienda las siguientes técnicas para maximizar su frecuencia e intensidad:


Satisfacción con el pasado
Aprende y practica el arte del perdón
  • Dedica 5 minutos cada noche, antes de acostarte, a escribir en una hoja hasta 5 aspectos o eventos de tu vida por los que te sientes agradecido/a.
  • Cada año, a principios de Enero, repasa el año precedente y evalúa cada ámbito de tu vida (amor, trabajo, diversión, etc...). Trabaja el resto del año en los aspectos más flojos.

Placer en el presente
  • Regálate pequeños placeres a lo largo del día. Trata de sorprendente, o mejor aun, contagia en tu hogar o lugar de trabajo la costumbre de sorprenderse unos a otros con pequeños regalos de afecto y placer.
  • Comparte los placeres con los demás, recuérdalos con fotos mentales o reales y afina tu percepción de las sensaciones y sentimientos positivos.
  • Aprende a ser plenamente consciente de lo que te sucede mediante la meditación, el yoga u otras técnicas similares.
  • De vez en cuando, dedica un día entero a disfrutar de tus cosas favoritas. Planifícalo con antelación y con todo detalle, y no dejes que el trajín habitual te distraiga de ello.

Satisfacción con el futuro
Combate el pesimismo aprendiendo a discutir tus propias creencias negativas contigo mismo/a.

Persigue la felicidad auténtica
La felicidad duradera requiere desarrollar y aplicar las virtudes de la persona en los distintos ámbitos de la vida: trabajo, familia, ocio y relaciones. La Psicología Positiva ha comprobado que existen seis virtudes universalmente apreciadas por toda la humanidad:

LA SABIDURÍA Y EL CONOCIMIENTO
  • Curiosidad, amor por el saber, espíritu crítico, originalidad, inteligencia social, perspectiva

EL CORAJE
  •  Valor, tenacidad, integridad

EL AMOR Y LA HUMANIDAD
  • Generosidad y amabilidad, capacidad para amar y ser amado

LA JUSTICIA
  • Sentido crítico y lealtad, ecuanimidad, liderazgo

MODERACIÓN
  • Autocontrol, discreción y prudencia, humildad y modestia

TRASCENDENCIA
  • Apreciación de la belleza y la excelencia, gratitud, optimismo, espiritualidad, piedad, sentido del humor, entusiasmo


Cada persona debe descubrir su propio camino hacia la felicidad. Descubre las virtudes más características de tu propia personalidad y trata de aplicarlas siempre que puedas, a diario y en todo lugar. Puedes encontrar tus puntos fuertes realizando la prueba de Valores En Acción, en la página web www.authentichappiness.org (sólo en inglés) o en el libro La Felicidad Auténtica de Martin Seligman.

Para obtener una vida plena y llena de significado, deberás tomar un paso adicional: poner los puntos fuertes de tu perfil de virtudes al servicio de una causa superior.